RECUERDA – EL GRAN DESEMBARCO EN LA PLAYA DE LA GLEA EL PRÓXIMO 20 -21 DE JUNIO
Cuando el próximo 20 de junio las embarcaciones aparezcan frente a la playa de La Glea y las huestes Abdelazíes desembarquen sobre la arena, miles de personas disfrutarán de un espectáculo único. Pero detrás de esa representación hay una historia real que pocos conocen y que forma parte de los orígenes de Campoamor.
Porque estas playas, hoy sinónimo de vacaciones y tranquilidad, fueron durante siglos una frontera peligrosa donde el Mediterráneo podía traer riqueza… o la muerte.
Un mar lleno de amenazas
A principios del siglo XV las costas de Orihuela sufrían continuas incursiones de piratas berberiscos, granadinos, tunecinos y argelinos que llegaban por mar para saquear poblaciones, capturar pescadores y secuestrar vecinos que posteriormente eran vendidos como esclavos o utilizados para exigir rescates.
La zona comprendida entre Cabo de Palos y Cabo Cervera era especialmente vulnerable. Las pequeñas islas cercanas —como La Grosa, Tabarca o las Hormigas— servían de refugio para las embarcaciones corsarias antes de lanzarse sobre las costas levantinas.
La tranquilidad que hoy disfrutamos en Campoamor era entonces una excepción.
La batalla naval de Campoamor
Uno de los episodios más sorprendentes ocurrió en mayo de 1415.
Una nave procedente de Ibiza detectó la presencia de tres barcos piratas navegando frente a estas costas y dio aviso al puerto de Cartagena. Inmediatamente se organizó una pequeña flotilla para interceptarlos.
Cuando parecía que la victoria cristiana estaba asegurada, apareció una tercera galera corsaria que permanecía escondida tras Cabo Roig esperando el momento adecuado para atacar.
El combate fue feroz. La batalla terminó con importantes pérdidas para la flota cristiana y numerosos supervivientes lograron llegar hasta la playa de Campoamor prácticamente sin armas, sin dinero y sin provisiones, buscando refugio primero en Murcia y posteriormente en Orihuela.
Aquella derrota dejó una profunda huella en la memoria colectiva y evidenció la necesidad de reforzar la defensa del litoral.
Las torres vigía: los ojos de la costa
Como respuesta a estas amenazas comenzaron a levantarse las torres vigía que todavía hoy forman parte del paisaje de Campoamor.
La Torre de Cabo Roig y la Torre de la Horadada se integraban dentro de una red defensiva que recorría toda la costa mediterránea. Su misión era sencilla pero vital: vigilar el horizonte y avisar mediante señales de humo durante el día o fuego durante la noche cuando se avistaban embarcaciones enemigas.
Gracias a este sistema de alerta, las poblaciones del interior disponían de tiempo suficiente para organizar su defensa antes de que los corsarios alcanzaran tierra.
Hoy estas torres son uno de los símbolos más reconocibles del litoral oriolano, pero hace quinientos años eran auténticos puestos avanzados de guerra.
El Convento de San Ginés y los monjes guerreros
Sin embargo, la defensa de Campoamor no dependía únicamente de las torres.
Muy cerca de estas playas existía el antiguo Convento de San Ginés, una construcción que acabaría desempeñando un papel decisivo en la protección de toda la zona.
Ante la frecuencia de los ataques corsarios, los dominicos recibieron la misión de convertir el convento en un auténtico bastión defensivo. Reforzaron sus murallas, reconstruyeron la torre y organizaron una Cofradía de hombres libres entrenados militarmente, dirigida por los propios religiosos, cuya función era patrullar el territorio y responder a los desembarcos enemigos.
Aquellos frailes pasaron a la historia como los monjes guerreros de San Ginés.
Lejos de limitarse a la vida contemplativa, vigilaban caminos, protegían a los viajeros y combatían junto a los vecinos para impedir que los piratas se asentaran en estas tierras. Su eficacia fue tal que, según las crónicas, las numerosas victorias obtenidas frente a los invasores hicieron que la zona comenzara a conocerse como el Campo de Matamoros, origen del nombre que con el paso de los siglos evolucionaría hasta el actual Campoamor.
El propio Concejo de Orihuela llegó a financiar la reparación de la torre defensiva y permitió recaudar limosnas para mantener este singular sistema de protección, consciente de que la seguridad de toda la comarca dependía en buena medida de aquellos hombres. La historia de los monjes guerreros y del Convento de San Ginés constituye uno de los capítulos más fascinantes del patrimonio histórico de Campoamor.
Del miedo al homenaje
Con el paso del tiempo, las incursiones fueron desapareciendo y la costa recuperó la tranquilidad. Pero la memoria de aquellos enfrentamientos quedó profundamente arraigada en la cultura popular.
Las actuales fiestas de Moros y Cristianos no pretenden glorificar las guerras, sino recordar un pasado que moldeó la identidad de muchos pueblos mediterráneos y celebrar la convivencia entre culturas que hoy caracteriza a nuestra sociedad.
En ese contexto nace El Gran Desembarco, una recreación que combina rigor histórico, espectáculo y tradición para acercar al público una parte esencial de la historia de Campoamor.
Cuando las embarcaciones vuelvan a aparecer en el horizonte…
Este año, cuando las naves se aproximen a la playa de La Glea y las huestes Abdelazíes pisen la arena, no solo estaremos contemplando una representación festiva.
Estaremos evocando una época en la que los vigías de Cabo Roig observaban el mar con preocupación, los habitantes del litoral dormían pendientes del horizonte y los monjes guerreros de San Ginés estaban preparados para salir a defender estas tierras.
Porque detrás del espectáculo hay una historia real.
Y conocerla hace que El Gran Desembarco cobre todavía más sentido.
Nos vemos en Campoamor
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