La niebla era tan espesa que apenas se distinguía la proa de la galera.
El capitán Jabrahén observaba el horizonte intentando adivinar qué era aquella pequeña luz que aparecía entre la oscuridad. Sus hombres llevaban días navegando desde Argel sin encontrar presa alguna y el cansancio comenzaba a notarse en cada maniobra.
—Un barco… debe ser un barco —pensó.
Ordenó poner rumbo hacia aquella claridad.
Pero no era una nave, era tierra.
De repente un fuerte estruendo de la madera partiéndose contra las rocas. La galera había embarrancado en las rocas que hay frente a Cabo Roig.
El mar había derrotado a los piratas
Aquella embarcación era una auténtica máquina de guerra. Más de veinte cañones de bronce y hierro protegían a unos doscientos cincuenta soldados, mientras cientos de remeros cristianos, encadenados a sus bancos, impulsaban la nave rumbo a las costas españolas.
Habían salido de Argel apenas unos días antes formando parte de una expedición corsaria destinada al saqueo, pero aquella madrugada de marzo de 1637 el enemigo no fueron las tropas cristianas, fue la niebla y el Mediterráneo.
«¡Saltad antes de que se hunda!»
El casco comenzaba a abrirse, el agua inundaba la bodega. Pronto el pánico se extendió entre la tripulación.
Algunos permanecieron junto al barco esperando que el temporal amainara. Otros no quisieron esperar, uno tras otro comenzaron a lanzarse al agua.
Doscientos hombres alcanzaron la playa completamente desorientados. No sabían dónde estaban.
Unos pudieron nadar a los acantilados de Cabo Roig, otros a la playa de la Caleta y algunos llegaron a la playa de Aguamarina.
Habían desembarcado en territorio cristiano y estaban solos.
La noticia corrió más rápido que ellos
No hizo falta mucho tiempo. Los testigos dieron la voz de alarma, primero un pastor, luego el pescador de Aguamarina. En cuestión de horas todo el Campo de Orihuela conocía la noticia.
«Han llegado los moros.»
Las campanas de la torre vigía de Cabo Roig comenzaron a sonar, enseguida redoblaron las campanas del monasterio de San Ginés, la Torre de la Horadada, La Encañizada y el Estacio, mientras jinetes recorrían los caminos avisando a toda alma cristiana y en busca de las autoridades de Orihuela.
«Han llegado los moros.»
Los primeros en organizarse fueron los monjes guerreros del Convento de San Ginés, pero no estaban solos, desde Orihuela partieron soldados y voluntarios, campesinos armados con cuchillos, hoces y cualquier herramienta capaz de servir como arma.
No iban a permitir que aquellos hombres desaparecieran entre los bancales y bosques de los campos de Orihuela.
La persecución
Los corsarios se dividieron en pequeños grupos intentando escapar. Algunos buscaban el interior, otros intentaron seguir la costa por lo que es hoy la playa de la Glea, Barranco Rubio y Mil Palmeras.
Durante varios días el campo se convirtió en un inmenso tablero de persecución donde cazadores y cazados cambiaban continuamente de papel.
Poco a poco, los jenízaros fueron cayendo. Los últimos piratas, unos 19, se quisieron esconder en las cuevas del Cabezo Gordo pero fueron localizados. En total, más de ciento cincuenta moros terminaron capturados y cuarenta y ocho esclavos cristianos recuperaron por fin la libertad.

El combate. La última batalla de Jabrahén
Mientras sus hombres huían, el capitán permanecía junto a la galera intentando salvar lo imposible, pero el levante hizo su trabajo. Las olas destrozaron definitivamente el casco y no quedaba escapatoria.
Jabrahén bajó a tierra junto a un grupo de incondicionales dispuestos a vender cara su vida.
El combate en la playa alcanzó una violencia sin precedentes. Entre el estruendo de las armas y el clamor de los contendientes, Jabrahén fue apresado por las tropas cristianas.
La rabia acumulada durante años de saqueos era demasiado grande. Las crónicas cuentan que fue atado a un árbol, ejecutado y posteriormente quemado como ejemplo para cualquiera que pretendiera volver a sembrar el terror en estas costas.
Un castigo tan brutal como la propia época en la que ocurrió.
Cuatro siglos después… EL GRAN DESEMBARCO EN CAMPOAMOR – DÍA 20 Y 21 DE JUNIO
Hoy los niños juegan sobre la arena de Campoamor.
Las terrazas se llenan de turistas y las embarcaciones navegan tranquilamente frente a la costa.
Cuesta imaginar que estas mismas playas fueron escenario de naufragios, persecuciones y combates entre corsarios jenízaros y monjes guerreros cristianos.
Pero ocurrió.
Y quizá por eso, cuando este 20 de junio contemplemos El Gran Desembarco, no estaremos viendo únicamente una recreación festiva.
Estaremos recordando la historia de nuestras costas, una historia llena de batallas entre moros y cristianos como la de una noche en la que una simple luz confundió a los piratas jenízaros de Jabrahén, el mar cambió su destino y en las playas de lo que es hoy Campoamor se escribió una de las páginas más apasionantes de la historia.
Nos vemos en Campoamor
NOTA_ Esta historia está basada en los hechos documentados por el historiador Francisco Velasco en su obra «El enemigo viene por el mar» editorial Nava Spartaria, páginas 211 a 213, donde reconstruye con detalle el naufragio de la galera corsaria en Cabo Roig, el desembarco de los corsarios jenízaros y la extraordinaria persecución que tuvo lugar por las Playas de Orihuela hasta el Cabezo Gordo en la primavera de 1637.





