Nuestra ruta gastronómica por Campoamor y su entorno continúa buscando esos restaurantes que merecen algo más que una visita. Después de viajar hasta Los Alcázares para sentarnos en la mesa de La Tropical, donde descubrimos una de las grandes referencias de la carne a la brasa, esta vez cambiamos completamente de registro. Dejamos la carne a un lado y ponemos rumbo a La Ribera, apenas a unos quince minutos de Campoamor, para buscar al otro gran protagonista de nuestra gastronomía mediterránea: el pescado.
El destino es el Restaurante Miramar, situado junto al Mar Menor, en un enclave privilegiado en el que la propia ubicación ya forma parte de la experiencia. Hay restaurantes en los que uno llega, se sienta y comienza a comer; en Miramar hay que detenerse un momento antes. La vista del Mar Menor desde la mesa, el ambiente marinero y esa sensación de estar comiendo prácticamente al borde del agua hacen que la comida empiece antes de que llegue el primer plato. Y nosotros, esta vez, teníamos claro que queríamos dejarnos aconsejar.
Éramos tres comensales y decidimos hacer algo que en este tipo de restaurantes suele funcionar especialmente bien: salirnos de la carta y preguntar qué merece realmente la pena ese día. Natalia fue nuestra guía. Le preguntamos qué pescado tenían y cuál nos recomendaba, y dejamos la elección en sus manos. Fue un acierto, no solo por lo que llegó después a la mesa, sino también por la atención que recibimos durante toda la comida. Natalia estuvo pendiente de nosotros en todo momento y consiguió que la experiencia resultara todavía más agradable.
Comenzamos con unos chirretes, un plato que quizá para algunos resulte menos conocido, pero que para quienes hemos crecido cerca del Mediterráneo tiene algo especial. La textura, fina y delicada, nos llevó directamente a otra época, a aquellos bares de pescadores del Puerto de Cartagena donde este tipo de platos formaban parte de una cocina sencilla, marinera y profundamente ligada al territorio. No hace falta que la cocina sea complicada para emocionar; a veces basta con que consiga devolvernos, con un sabor, a un lugar y a un momento.
Después llegó una pata de pulpo al horno al estilo murciano, generosa de tamaño y realmente espectacular. El pulpo tenía ese punto que buscamos cuando pedimos un plato de este tipo: exterior bien hecho, interior tierno y mucho sabor. Un plato reconocible, sin artificios innecesarios, en el que el producto tiene todo el protagonismo.
Pero todavía quedaba el plato principal.
Un gallopedro de más de dos kilos
Natalia nos había recomendado el pescado del día y la elección fue un gallopedro salvaje de más de 2,3 kilos, que decidimos tomar frito y acompañado de patatas. Cuando llegó a la mesa entendimos por qué nos lo había recomendado.

El gallopedro es uno de esos pescados que no necesitan demasiadas explicaciones cuando el producto es bueno. Su carne es suave, pero al mismo tiempo tiene un sabor profundo y característico, y en este caso la preparación respetaba perfectamente esas cualidades. La fritura estaba en su punto y el tamaño del ejemplar permitía disfrutar de una carne abundante, jugosa y con personalidad.

Hay platos que uno prueba y simplemente están buenos. Y hay otros que justifican por sí solos el viaje. Para nosotros, este gallopedro pertenece a la segunda categoría. Es un pescado salvaje que merece la pena ir a buscar.
Una mesa frente al Mar Menor
Quizá lo mejor de Miramar sea que todo encaja. El producto, la cocina, el servicio y, sobre todo, el lugar. Comer pescado junto al Mar Menor tiene algo de lógico, casi de viaje gastronómico en el que el paisaje y la mesa cuentan la misma historia.

Nuestra ruta comenzó en Campoamor y nos llevó apenas unos minutos hasta La Ribera. Es precisamente lo que pretendemos cuando hablamos de nuestra ruta gastronómica de Campoamor y su entorno: descubrir lugares que están suficientemente cerca como para formar parte de nuestro territorio cotidiano y que, sin embargo, muchas veces permanecen fuera de nuestro circuito habitual.
Hace unos días buscábamos la excelencia en una gran parrilla de Los Alcázares. Hoy la hemos encontrado en un pescado salvaje servido junto al Mar Menor. Son dos restaurantes muy diferentes, dos cocinas distintas y dos formas de entender el producto, pero comparten algo importante: cuando hay buen género y se sabe tratar, no hace falta disfrazarlo.
Nos marchamos de restaurante Miramar con la sensación de haber acertado con la elección y, sobre todo, con la recomendación de Natalia. Tres personas, una comida completa y un total de 227,75 euros, una cifra que consideramos razonable teniendo en cuenta el tamaño del pescado elegido y la calidad del producto.
Miramar entra por derecho propio en nuestra ruta gastronómica. Si desde Campoamor salimos en busca del pescado como máximo exponente de la cocina marinera de nuestro entorno, esta vez tampoco fallamos.
Nos vemos en Campoamor




