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miércoles 12 agosto 2026

La muerte del pirata Jabrahén. Playa de la Glea, primavera de 1637

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Este artículo es continuación de
«El naufragio del pirata Jabrahén en Cabo Roig:
la historia de un naufragio que convirtió
Campoamor en un campo de batalla»

Playa de la Glea. Primavera de 1637

La bruma comenzaba a retirarse lentamente de la costa cuando el último combate llegó a su fin. Sobre la arena de la Glea quedaban esparcidos los restos de una lucha breve pero violenta, mientras el Mediterráneo devolvía poco a poco a la orilla fragmentos de la galera que, apenas unas horas antes, había naufragado contra las afiladas rocas de Cabo Roig. Entre los tablones desgajados flotaban barriles, velas rotas y algunos cuerpos sin vida que las olas arrastraban con la misma indiferencia con la que habían contemplado el combate.

Aquella no había sido una incursión cuidadosamente planeada. La fortuna, o quizá el infortunio, había querido que una espesa niebla separara una de las galeras de la escuadra de Alí Bitchín. Confundiendo una hoguera encendida en la costa con las luces de sus propios compañeros, el capitán Jabrahén condujo su nave hacia un bajo rocoso del que ya no habría salvación. Los hombres que lograron alcanzar tierra firme lo hicieron exhaustos, desorientados y convencidos de que el resto de la flota aparecería en cualquier momento para socorrerlos. Nunca ocurrió.

Los vigías de las torres costeras de Cabo Roig, Torre de la Horada, incluso El Pinatar, habían dado la alarma y, desde el convento fortificado de San Ginés, los dominicos acudieron con la rapidez que exigían aquellos tiempos. La lucha apenas duró unos minutos. Superados ampliamente en número, los corsarios fueron cayendo uno tras otro sobre la playa. Algunos intentaron abrirse paso hacia el interior siguiendo la línea de dunas y los pinares, pero las partidas organizadas desde Orihuela y las milicias de la costa dieron buena cuenta de ellos.

Solo uno permanecía todavía con vida.

Jabrahén, capitán de aquella desdichada galera, había sido atado a un grueso poste clavado en la arena. No se trataba únicamente de castigar a un enemigo. Fray Juan de la Peña, prior del convento de San Ginés, había ordenado expresamente que aquel hombre no muriera durante el combate. Quería que su destino sirviera de advertencia para cuantos corsarios acostumbraban a convertir aquellas costas en escenario de saqueos, cautiverios y muerte.

Mientras varios monjes reunían leña seca alrededor del poste, el ambiente comenzaba a relajarse. La tensión del combate daba paso a ese extraño alivio que solo conocen quienes han sobrevivido a una batalla. Una bota de vino circulaba de mano en mano; algunos religiosos relataban cómo habían derribado al primer corsario que pisó la arena, otros discutían sobre el momento exacto en que la galera quedó partida contra las rocas. Las voces se mezclaban con el rumor del mar y con el crepitar de las primeras ramas que comenzaban a prender.

Fray Juan, sin embargo, permanecía apartado del grupo. Observaba al prisionero con la serenidad de quien cree haber cumplido con su deber, aunque en su interior no terminaba de comprender la tranquilidad que mostraba aquel hombre. Jabrahén no suplicaba, no maldecía ni dirigía insultos a sus captores. Su mirada recorría lentamente la playa, como si estuviera grabando en la memoria cada rincón de aquel lugar.

Cuando el fuego empezó a elevarse alrededor del poste, el capitán corsario buscó con la vista al prior dominico. Sus ojos se encontraron apenas unos segundos. Entonces apareció una leve sonrisa, casi imperceptible, que desconcertó a Fray Juan mucho más que cualquier gesto de rabia o desesperación.

Con una voz ya quebrada por el humo, Jabrahén pronunció unas últimas palabras que ninguno de los presentes alcanzó a comprender.

Cuando Alí Bitchín conozca mi destino… no dejará piedra sobre piedra en estas costas.

Los monjes continuaron observando el suplicio sin conceder importancia a aquella amenaza. Para ellos solo era el último desafío de un pirata derrotado.

Pero Fray Juan de la Peña sintió que la sangre se le helaba.

Conocía aquel nombre.

Lo había leído una y otra vez en los informes reservados que llegaban desde Orihuela y desde las autoridades del Reino de Valencia. Informes que advertían del creciente poder de un corsario argelino convertido en mercader de esclavos, dueño de una poderosa escuadra y capaz de poner en jaque las defensas de cualquier ciudad del Mediterráneo.

Mientras el resto contemplaba la muerte de Jabrahén como el final de una victoria, el prior comprendió que quizá acababan de escribir el primer capítulo de una tragedia mucho mayor.

EN ALGÚN LUGAR DEL MEDITERRÁNEO, FRENTE A LA COSTA DE CARTAGENA

Verano de 1637

Las seis galeras avanzaban en silencio sobre un Mediterráneo inmóvil, apenas roto por el golpear acompasado de los remos. A popa de la capitana, protegido por un toldo de damasco carmesí que lo resguardaba del sol de agosto, Alí Bitchín permanecía reclinado sobre un ancho colchón cubierto de ricos tejidos orientales. La escena habría parecido la de un príncipe si no fuera porque bajo aquella cubierta viajaban decenas de cautivos cristianos encadenados a los bancos de remo.

Quienes lo habían tratado hablaban de un hombre corpulento, de modales serenos y mirada penetrante. Los informes que llegaban a Valencia y a Orihuela coincidían en describirlo como el corsario más poderoso del Mediterráneo occidental. No era únicamente el jefe de una escuadra temida; era un inmenso mercader de esclavos, dueño de fortunas difíciles de imaginar y de millares de cautivos repartidos entre Argel y sus galeras. Sabía negociar rescates con la misma habilidad con la que organizaba una campaña de corso. Hablaba castellano con sorprendente fluidez y, cuando daba su palabra, incluso algunos de sus enemigos reconocían que solía cumplirla.

Un vigía descendió apresuradamente desde la cofa.

Mi señor… ha llegado la falúa de reconocimiento.

El pequeño bote atracó junto a la capitana. Un hombre cubierto de sal y polvo subió a bordo. Caminó hasta inclinarse ante Alí Bitchín.

Habla.

La galera de Jabrahén no regresará.

Nadie se movió.

El mensajero tragó saliva antes de continuar.

—La niebla los separó de la escuadra frente a la costa de Orihuela. Confundieron un fuego encendido en tierra con la señal de una de nuestras galeras y acabaron estrellándose contra las rocas de Cabo Roig. Los supervivientes intentaron escapar por la playa… Los monjes del convento de San Ginés y las milicias de Orihuela los rodearon.

El silencio se hizo pesado.

¿Y Jabrahén?

Fue capturado vivo.

El hombre bajó la cabeza.

Lo quemaron.

Durante largos segundos únicamente se escuchó el crujido del casco y el rumor del mar.

Los oficiales permanecían inmóviles. Conocían demasiado bien a su señor para interrumpir aquel silencio. Habían aprendido, tras años de campañas, que los momentos más peligrosos no llegaban cuando Alí Bitchín alzaba la voz, sino cuando permanecía completamente callado.

Su mirada seguía fija en el horizonte. Sobre una pequeña mesa de nogal descansaba una daga de empuñadura damasquinada. La tomó entre las manos con una delicadeza impropia de un hombre acostumbrado a la guerra. Durante un instante acarició el metal con el pulgar, como quien reconoce un recuerdo que creía olvidado.

Aquella daga había pertenecido a Jabrahén.

Muchos de los presentes pensaban que el capitán muerto era uno de sus hombres de mayor confianza. Ninguno sospechaba que entre ambos existía un vínculo que nunca había necesitado explicación. Habían compartido campañas, inviernos en Argel, derrotas, victorias y noches interminables bajo las mismas sábanas. En un mundo gobernado por la fuerza y la ambición, donde la vida de un hombre valía menos que el precio de un esclavo, aquella era quizá la única parte de sí mismo que Alí Bitchín había mantenido siempre fuera del alcance de los demás.

Cerró lentamente la mano sobre la empuñadura.

Cuando habló, su voz apenas era un murmullo.

—¿Quién dio la orden?

—No lo sabemos, mi señor. Dicen que fue el prior de los dominicos de San Ginés.

Alí Bitchín levantó la vista por primera vez.

No había ira en sus ojos. Solo una resolución fría, casi matemática.

—Poned rumbo a la costa.

El capitán de la galera dudó un instante.

—¿A las costas de Orihuela?

Alí Bitchín negó despacio.

—No.

Se incorporó lentamente mientras sus ojos recorrían la carta náutica extendida sobre la mesa.

—Antes tenemos varios objetivos, recordaremos a esos cristianos que el mar también tiene memoria.

Su dedo se detuvo sobre un pequeño dibujo de piedra que señalaba una torre aislada frente al Cabo de Palos.

—Comenzaremos aquí.

Ningún oficial necesitó más explicaciones.

Las órdenes comenzaron a transmitirse de una embarcación a otra mediante banderas y toques de corneta. Las seis galeras alteraron lentamente su derrota mientras las velas latinas empezaban a llenarse de viento.

Muy lejos de allí, en la playa de la Glea, los monjes del convento de San Ginés ignoraban que las últimas palabras de Jabrahén no habían muerto entre las llamas.

Acababan de convertirse en una promesa.

Nos vemos en Campoamor


Queda un tercer artículo de desenlace de esta historia que empieza en Cabo Roig en la primavera de 1637 con el naufragio del pirata Jabrahén.

Hay que decir que hemos novelado los hechos históricos, Alí Bitchín, el corsario más temido del Mediterráneo del siglo XVII, recibe la noticia de la muerte de su capitán Jabrahén. Una recreación histórica novelada inspirada en los hechos narrados en El enemigo viene por el mar, de Francisco Velasco. En este libro se describe el naufragio del pirata Jabrahén en Cabo Roig en las páginas 211 y 212, así como describe a Alí Bitchín, como realiza la venganza del pirata Jabrahén así como otras historias y negociaciones de rescates de esclavos, de la página 213 hasta la página 226

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