Para poder leer esta tercera parte es necesario leer previamente «El naufragio del pirata Jabrahén en Cabo Roig» y «La muerte del pirata Jabrahén, Playa de la Glea«. Esta es la tercera y última entrega de esta serie que nos transporta a un tiempo en que los mares de Campoamor no eran seguros a causa de la piratería. Hemos novelado la historia siendo fieles a los hechos principales descritos por el historiador Francisco Velasco en su libro El enemigo viene por el mar.
ACTO IV
Murcia. Casa del Concejo. Finales de agosto de 1637
La campana mayor de la ciudad apenas había terminado de tocar nona cuando dos jinetes cubiertos de polvo atravesaron las viejos arcos desiguales del Puente Mayor. El Segura bajaba tranquilo aquella mañana, ajeno a las noticias que llegaban desde la costa. Al otro lado aguardaban la torre de la Inquisición, la Catedral y la Casa del Concejo donde se encontraban los hombres que debían decidir cómo defender un reino que volvía a mirar con temor hacia el Mediterráneo.
Los animales llegaban exhaustos. Llevaban casi una mañana entera cabalgando desde Cartagena, cambiando monturas allí donde podían y sin detenerse más que el tiempo imprescindible para beber agua. Nadie necesitó preguntar qué ocurría. En aquellos años los mensajeros que llegaba al galope desde la costa nunca traían buenas noticias.
Los regidores ya se encontraban reunidos cuando el escribano rompió el sello de la carta remitida desde Cartagena. Conforme avanzaba la lectura, el silencio se fue haciendo cada vez más pesado.
La torre de Cabo de Palos había caído.
Su pequeño destacamento había combatido hasta el final. El alcaide había sido capturado con vida y quemado después de ser atado a una de las cureñas de sus propios cañones. Antes de retirarse, los corsarios habían dejado una nota clavada entre las piedras ennegrecidas de la fortaleza.
«Así murió Jabrahén en Cabo Roig. Así mueren quienes lo celebran.«.
Durante unos instantes nadie habló.
No era únicamente el horror del crimen lo que inquietaba a los presentes. Era el mensaje. Aquello no era un simple saqueo ni una expedición corsaria en busca de esclavos y botín. Era una represalia cuidadosamente calculada. Una declaración de guerra.
Uno de los concejales rompió el silencio.
—No estamos ante una escaramuza cualquiera.
Nadie respondió porque todos pensaban exactamente lo mismo.
Los informes enviados durante los últimos años desde Valencia, Alicante y Cartagena hablaban insistentemente de un mismo nombre. Un hombre distinto al resto de piratas berberiscos. Más rico que muchos gobernadores, dueño de galeras propias, comerciante de miles de cautivos cristianos y con influencia suficiente para negociar de igual a igual con reyes cristianos o gobernadores musulmanes.
Alí Bitchín.
Todos los presentes sabían que no era un pirata cualquiera. Era un hombre capaz de organizar campañas enteras contra las costas españolas y mantener durante semanas una escuadra navegando por el Mediterráneo sin depender de nadie. Donde aparecían sus galeras no buscaba únicamente riqueza; buscaba sembrar el terror, llevarse prisioneros y demostrar que ninguna costa cristiana estaba a salvo.
El corregidor recorrió lentamente la mesa con la mirada.
—Si ha venido a vengar la muerte de ese maldito pirata, volverá a atacar.
Aquella afirmación nadie se atrevió a discutirla.
Sobre la mesa descansaba un mapa del litoral murciano. La línea de costa aparecía salpicada de pequeñas torres vigía: El Estacio, La Encañizada, El Pinatar… fortalezas modestas que, aisladas unas de otras, apenas podían resistir unas horas frente a una escuadra de seis o siete galeras.
Entonces uno de los oficiales señaló con el dedo la costa.
—Si continúa hacia el norte, tendrá que pasar por El Pinatar.
Todos dirigieron la vista hacia el mismo punto.
No existía otra posición mejor para detenerlo.
Fue entonces cuando el escribano anotó la resolución del Concejo.
Se ordenaba movilizar dos compañías de la Milicia General del Concejo bajo el mando del capitán Antonio de Aliaga, veterano conocido por su disciplina y por el respeto que inspiraba entre los soldados de la huerta. Al mismo tiempo se le concedía autoridad para reunir cuantos hombres de leva pudiera encontrar en Murcia y en los pueblos cercanos, armando a todo vecino capaz de empuñar una pica, un arcabuz o una espada.
No se trataba únicamente de defender unas torres.
Se trataba de impedir que el enemigo penetrara en el corazón del Reino de Murcia.
Horas después, Antonio de Aliaga recibió la orden. La leyó sin cambiar el gesto y, antes incluso de doblar el documento, pidió que ensillaran su caballo.
No preguntó cuántos enemigos encontraría. Preguntó únicamente cuánto tiempo llevaba el corsario navegando hacia levante.
Porque comprendía, igual que los hombres reunidos en el Concejo, que la próxima batalla ya había comenzado. Y que, si los cálculos eran correctos, el destino de aquella campaña se decidiría muy pronto entre las dunas, las salinas y las torres de El Pinatar.

ACTO V
Frente a las costas de El Pinatar. Finales del verano de 1637.
El mar estaba en calma cuando la galera capitana redujo vela.
Desde la popa, Alí Bitchín contemplaba la línea de costa sin pronunciar una palabra. El viento apenas agitaba el gran estandarte verde que ondeaba sobre la toldilla. A un lado permanecían inmóviles las otras cinco galeras, separadas entre sí la distancia suficiente para maniobrar si era necesario. Ningún marinero rompía el silencio. Todos conocían el temperamento del corsario cuando preparaba un desembarco.
Una pequeña embarcación surgió desde la playa y remó hacia la capitana. En ella viajaban tres hombres vestidos como pescadores. Nadie habría imaginado que llevaban semanas recorriendo las ventas, los caminos y las tabernas de la costa cristiana fingiendo ser mercaderes o jornaleros. Eran los ojos de Alí Bitchín en tierra.
Subieron a bordo sin ceremonia.
El más anciano se inclinó levemente.
—Señor… nos esperan.
Alí Bitchín no respondió. Continuó mirando la costa.
—Habla.
—Murcia ha enviado dos compañías al mando del capitán Antonio de Aliaga. Han reunido además milicianos de los pueblos cercanos. Han fortificado los alrededores de la torre de El Pinatar. Esperan vuestro desembarco.
El corsario permaneció inmóvil.
El espía prosiguió.
—No esperan otro lugar. Creen que vendréis por aquí.
Durante unos segundos únicamente se escuchó el crujido del aparejo y el golpear de las olas contra el casco.
Uno de los capitanes dio un paso al frente.
—Podemos vencerlos igualmente.
Alí Bitchín giró lentamente la cabeza.
—¿Y perder trescientos hombres, quizás cuatrocientos para conquistar una torre?
Nadie respondió.
Alí Bitchín avanzó hasta la mesa donde descansaban las cartas de navegar. Sobre la madera había una daga clavada marcando la costa del Mar Menor. La arrancó de un tirón y la lanzó con violencia. La hoja quedó vibrando sobre el tablón.
—La ira hace perder batallas.
Su voz sonó tranquila, casi fría.
—Los cristianos creen que he venido movido por el dolor. Piensan que buscaré venganza aunque me cueste media flota. Eso haría un necio.
Miró de nuevo hacia tierra.
—Yo hago comercio con la guerra. Cada hombre que pierdo deja de remar, deja de combatir y deja de traerme esclavos. Un capitán puede reemplazarse. Una galera, no.
Los presentes bajaron la mirada. Sabían que, detrás de aquella apariencia de pirata, hablaba el hombre que había levantado una fortuna comerciando con miles de cautivos y negociando rescates con media Europa.
Alí Bitchín dejó que el silencio pesara unos instantes antes de dictar su decisión.
—Virad al sur.
Los oficiales levantaron la cabeza con sorpresa.
—¿Señor?
—Hoy no.
La respuesta fue tan breve como definitiva.
Se acercó a la borda y fijó la vista en aquella costa que empezaba a difuminarse bajo el calor del mediodía.
—Que crean que han vencido. Que regresen a sus casas, a sus tranquilas huertas de Murcia. Que desmonten las guardias y vuelvan a confiar en la rutina.
Sonrió apenas.
—El miedo dura poco. La confianza… esa mata más cristianos que nuestros cañones.
Las seis galeras comenzaron a virar lentamente mar adentro mientras la costa del Pinatar se alejaba poco a poco.
Antes de desaparecer en el horizonte, Alí Bitchín pronunció unas últimas palabras que ninguno de sus hombres olvidaría.
—Volveremos, vengaremos a Jabrahén cuando nadie nos espere.
Y entonces no defenderán una torre. Defenderán todo un reino.
El hombre que desapareció con las galeras
El invierno de 1637 fue tranquilo en las costas del Reino de Murcia. Los vigías seguían subiendo cada amanecer a las torres de vigilancia y los pescadores continuaban escrutando el horizonte antes de hacerse a la mar, pero el nombre de Alí Bitchín seguía pronunciándose en voz baja, casi como si bastara nombrarlo para que sus galeras aparecieran de nuevo entre la bruma.
En el convento de San Ginés, Fray Juan de la Peña tampoco había olvidado la amenaza pronunciada por Jabrahén antes de morir. Aquel nombre había llegado años atrás en informes remitidos desde Valencia, Orihuela y Cartagena, siempre acompañado de incendios, cautivos y pueblos saqueados. Sabía que no estaban ante un simple corsario, sino ante el hombre que había convertido Argel en el mayor mercado de esclavos del Mediterráneo occidental y cuya fortuna se medía no solo en oro, sino en miles de cautivos cristianos.
Mientras tanto, al otro lado del mar, los planes de venganza seguían tomando forma.
Sobre una gran mesa cubierta de cartas náuticas, Alí Bitchín estudiaba de nuevo las costas del sureste peninsular. Recordaba el fracaso del Pinatar y no estaba dispuesto a repetirlo. Si regresaba, lo haría con una fuerza muy superior. Guardamar, Cabo Roig, Benisa o San Juan de Alicante aparecían señaladas sobre el pergamino como posibles objetivos de una campaña que debía ser rápida, demoledora y ejemplar. No buscaba únicamente botín. Quería que toda aquella costa recordara para siempre el precio de haber ejecutado a Jabrahén.
Pero la Historia, tantas veces caprichosa, tenía otros planes.
A comienzos de 1638 llegó a Argel una orden sellada con el emblema del sultán de Constantinopla. El Imperio otomano preparaba una gran campaña naval contra la República de Venecia y reclamaba la presencia de las escuadras berberiscas. Ningún arráez podía ignorar aquella llamada. El Mediterráneo entero se encontraba inmerso en un conflicto mucho mayor que cualquier deseo de venganza personal.
Alí Bitchín comprendió inmediatamente que no tenía elección.
Las cartas del litoral valenciano fueron cuidadosamente enrolladas y guardadas en un arcón. No las destruyó. Simplemente las apartó. Habría tiempo para volver sobre ellas cuando concluyera la campaña.
Durante semanas, el puerto de Argel fue un hervidero de actividad. Galeras llegadas de Bizerta, Túnez y otros puertos norteafricanos se unieron a las del célebre corsario hasta formar una poderosa escuadra de cerca de veinte naves. Era una fuerza formidable, muy superior a la que había sembrado el terror durante tantos veranos en las costas de Orihuela, Murcia y Valencia.
Aquellas galeras abandonaron Argel rumbo al Adriático convencidas de que les aguardaba una nueva campaña de victorias.
Sin embargo, frente a las costas de Valona les esperaba un enemigo muy distinto. La escuadra de la República de Venecia sorprendió a la armada berberisca y desencadenó un combate que terminó convirtiéndose en una auténtica catástrofe para los corsarios. Doce galeras fueron capturadas, otras muchas quedaron destruidas y miles de esclavos cristianos recuperaron la libertad. Alí Bitchín consiguió escapar con apenas una parte de su flota, pero su poder naval jamás volvería a ser el mismo.
Aquel desastre marcó el comienzo del declive de los grandes corsarios norteafricanos. Las incursiones piratas no desaparecieron por completo, pero nunca volvieron a organizarse campañas de la magnitud de las que habían aterrorizado durante décadas las costas del sureste español.
Sin saberlo, cuando Fray Juan de la Peña escuchó el nombre de Alí Bitchín pronunciado por Jabrahén entre las llamas de la playa de la Glea, estaba asistiendo al último gran episodio de una amenaza que llevaba generaciones proyectando su sombra sobre aquellas tierras.
La Historia quiso que el desenlace no llegara en las playas de Campoamor ni en las torres del litoral de Murcia, sino en un lejano puerto del Adriático, donde los intereses de imperios y repúblicas decidieron el destino de un hombre cuya sola presencia bastaba para sembrar el miedo en toda la costa levantina.
Y así, casi sin que los vecinos de Orihuela llegaran a saberlo, desapareció del horizonte el corsario cuya venganza de destruir la Costa nunca llegó a cumplirse.
Epilogo
Cuatro siglos después, quienes pasean por la playa de la Glea, contemplan la Torre de Cabo Roig o recorren el camino del trasvase que pasa cerca del antiguo convento de San Ginés, difícilmente pueden imaginar que, durante un breve instante de 1637, el destino de este rincón del Mediterráneo estuvo unido al del corsario más poderoso de Argel.
Hubiera estado bien terminar esta historia con una grandísima victoria cristiana a las escuadras piratas, pero no fue así, Alí Bitchín fue derrotado en el Adriático. ¿Quién sabe que hubiera pasado si aquella batalla hubiera terminado a favor de Alí Bitchín?
La Historia rara vez deja monumentos a estos episodios. A veces solo deja un nombre olvidado en un viejo manuscrito, una torre que aún resiste frente al mar o un libro, como El enemigo viene por el mar de Francisco Velasco, que nos permite reconstruir aquellos días en los que la frontera entre la libertad y la esclavitud se encontraba exactamente aquí, en las costas de la actual Dehesa de Campoamor.
Nos vemos en Campoamor





