Mucho antes de que esta parte del litoral se asociara al descanso, al turismo o a la vida residencial, fue un territorio de paso incierto y de vigilancia constante. Una franja expuesta, poco poblada, donde la seguridad condicionaba la forma de habitar y de construir. En ese contexto, la costa no era un destino, sino una frontera.
Dos construcciones explican mejor que ninguna otra esa realidad histórica: el Convento de San Ginés y la torre de vigilancia de Cabo Roig. Aunque ambas llegaron a convivir en el tiempo, no pertenecen al mismo momento histórico. El convento es muy anterior a la torre, y esa diferencia temporal permite entender la evolución de nuestro territorio.
El monasterio de San Ginés hunde sus raíces en una época en la que el mar aún no organizaba la vida de la zona. Historiadores sitúan su origen en la Baja Edad Media, aunque algunos apuntan que pudo levantarse sobre una estructura defensiva mucho más antigua, el fuerte romano de Thiar, lo que refuerza la idea de que este enclave ya era estratégico siglos antes de la presencia monástica. No sería un caso aislado: Roma solía utilizar posiciones clave en el territorio, y la elección del lugar no parece casual.
San Ginés fue algo más que un espacio religioso. En un entorno disperso y vulnerable, el convento articuló vida, territorio y protección. Funcionó como refugio, como punto de referencia y como núcleo de estabilidad en una costa que aún se miraba desde dentro, con recelo hacia el mar. Durante un tiempo, incluso su dimensión espiritual convivió con una realidad marcadamente defensiva, hasta el punto de que la historia ha llegado a vincular este enclave con episodios de defensa y resistencia frente a incursiones desde el mar.
Porque la necesidad de defensa no era imaginaria ni excepcional: las costas mediterráneas eran blanco frecuente de corsarios y piratas de muy diversas procedencias, incluidas tripulaciones berberiscas, turcas o renegados europeos atraídos por el botín y la esclavitud. Estos grupos acosaban puertos, atacaban embarcaciones y hacían incursiones en tierra firme, lo que convertía cada tramo de litoral en un espacio de tensión permanente y de riesgo real para quienes vivían o transitaban por él.
En el siglo XVI esa amenaza se volvió lo suficientemente grave como para que los reyes españoles (Carlos I y Felipe II) emprendieran una arquitectura defensiva sistemática a lo largo de toda la costa, con torres vigía separadas por pocos kilómetros. La torre de Cabo Roig pertenece a esa fase de respuesta ante un mar que dejaba de ser frontera distante para convertirse en camino de incursión directa. Desde lo alto de esas torres, centinelas observaban el horizonte, atentos a cualquier signo de peligro, y las señales se transmitían hacia el interior para organizar la respuesta.
San Ginés y la torre de Cabo Roig no cuentan la misma historia, pero narran un mismo proceso. El primero representa el origen interior, cuando la seguridad se organizaba desde tierra firme. La segunda simboliza la evolución, cuando la defensa se desplaza hacia la costa y se sistematiza. Entre uno y otra se produce el cambio decisivo: la costa deja de ser retaguardia y se convierte en límite.
Hoy el convento ya no existe físicamente, destruido en la segunda mitad del siglo XX, mientras que la torre sigue en pie, visible y reconocible. Pero la ausencia de uno y la presencia de la otra no alteran lo esencial. Antes del urbanismo, antes del turismo, antes incluso de los nombres actuales, este fue un territorio que tuvo que protegerse para poder existir.
Entender nuestra historia es entender la identidad profunda de donde vivimos. Porque antes de ser un lugar para vivir o descansar, esta costa fue una frontera que hubo que defender.
Nos vemos en Campoamor
Nota- Este artículo es la primera parte de un segundo artículo que haremos en respuesta al que publicamos ¿Cómo se llamaría un nuevo municipio en Orihuela Costa si llegara a independizarse?




